Todos los pasajeros son la misma cochinada - Desde la Torre

PORTADA

martes, 3 de febrero de 2026

Todos los pasajeros son la misma cochinada

 

Por Yonel Rosales

Digamos que llegué tarde y el chofer del bus está en su derecho de renegar. ¿También de basurearme? Aunque la verdad es que llegué a la agencia de Poque aproximadamente diez minutos antes. Pregunté al señor que estaba a la puerta de la empresa a qué hora llegaría el bus. A veces llega en media hora, rápido, pero otras veces, más tarde. Le encargué que va a subir un pasajero, por favor, le dices. Vuelvo al toque. Un día antes, al comprar mi pasaje en la empresa Armonía en Llata, también le hice el mismo encargo, le reiteré, me recogen en Poque.

Voy abajito a encargar mi carrito (¿serán diez metros o quince?) y vuelvo, le dije al señor de la agencia. A veces pecamos de inocentones y no te pones en el peor de los escenarios, que la empresa ni se acordará de ti, porque lo más importante ya lo hiciste, pagar.

No hay menú gratis ni gaseosita gratis, la cochinada paga - Foto: Yonel Rosales Enero 2022 

Entonces con la premura de una tortuga, mientras encargaba el coche a la hija de Glicerio Aponte, al otro lado del río, hablamos de la falta de luz, que cada tanto ElectroCentro tiende a amargarnos el día. Y ese viernes 23 de enero, la mayor preocupación de la hija del señor Aponte era por los productos que se malograrían en la congeladora porque la luz no volvía hacía horas tras el corte intempestivo. No por ser periodista lo sé todo, no pude responderle con convicción cuándo michi volvería la luz. La encargada de comunicaciones de la empresa eléctrica, ante mi reclamo por el Whatsapp, solo me respondió con un emoticon de “qué horror”. El servicio volvió un día después.

Luego de reconocer que efectivamente era yo “Desde la Torre”, la chapa, a causa del nombre de mi página, me despido de la amable señora que estaría al tanto de mi carrito. Entre que tonteo, sí, a veces mientras cojudeamos nos descuidamos de lo más importante. Aseguraba las puertas, hacía prueba si se abría, como si gran cosa guardara el coche, mientras perdía el tiempo a la espera del bus a pocos metros de la carretera principal. Siempre atento, alerta al menor sonido. Dos veces me engañaron los sonidos de otros carros. De pronto se presenta Armonía.

Debí salir corriendo, desesperado, gritando, ¡pare!, ¡pare!, ¡pare!. No me dejes. Pero hecho un bobo, tomo mi mochila y camino con calma a la agencia sin perderlo de vista. ¿Qué podía salir mal?, a pocos metros, ¿medio minuto de camino?, sin perder de vista la agencia. Todo un gilipollas, estaba seguro que pararían a cargar paquetes y a su pasajero, además me solicitarán. El ómnibus toca el claxon con anticipación, dos o tres veces, como al parecer nadie le dice nada, mi esperado carro, ante mis ojos, ante mi paciencia de abuelo al que contemplar, éste se pasa raudamente. ¡Chucha!, ¡Ya me cagué!

¿Cómo hacer que el carro se detenga o que alguien pregunte por mí que no estoy en mi asiento?, ¿No preguntan por el pasajero que iba a subir en Poque?, pero la otra vez Transportes Guerra me llamó quince minutos antes del horario pactado, desesperándome, recién estaba por Tucuwayin, poniéndome en apuros porque creí que ya nos hicimos tarde. Pero preguntó por el pasajero ausente y Armonía, pese a mi doble encargo, nada.

¡Ya la cagué!, ¿Ahora dónde voy a dejar el carro? Me subo como loco al volante. Desesperado, cambio de gas a gasolina y salgo disparado tras el ómnibus, con un ruidoso aceleramiento. Duro conmigo mismo: Pero, ¡qué huevón!, que te deje el carro cuando estás a pocos pasos. ¿Dónde chucha estaba tu cabeza para no pensar que no habría ni un pinche paquete para que deba detenerse el bus en la agencia de Poque?, ¿Qué te crees para que pregunten por ti?, pero Guerra me llamó, esa es otra empresa, huevón. Me iba ir con ellos, pero no hay en la tarde. Mientras me mando a la mierda y me defiendo, por fin logro ver a Armonía.

Alcanzo al bus y toco desesperadamente el claxon. No dejo de tocar y me da pase. Le paso y un poco adelante me detengo para reclamarle al chofer por qué no se detiene. Mi pregunta parece no encajar. Y el conductor me dice que suba, pero cómo voy a subir dejando mi coche en medio de la carretera. Con los ánimos alterados, el chofer con tono despectivo dice: Así son los de Poque. ¿Cómo son los de Poque? Obvio, era el momento menos oportuno para ponerme a discutir de cómo somos. Entonces le dije al chofer, que ya me había picado, tiene que esperarme más adelante, voy a guardar mi carro.

Mientras avanzo, tratando de alejarme lo más posible del bus para tener tiempo de aparcar en algún lugar seguro, el bus parece más apurado que yo. ¿Buscar seguridad en esa situación?, solo a mí se me puede ocurrir cojudeces de última hora. Finalmente veo unas casas y un espacio donde dejar el coche. Estoy estacionándome y el chofer pita. Me desespera y le grito que me espere, no recuerdo si ahí o ya dentro del bus logro a decirle, a ver, ¿cuántos minutos has perdido? Grito a la casa vecina, sale un niño, pregunto por su mamá, cuando me da la cara le suplico a la señora desconocida para que vaya cuidando el coche. Y el conductor, más apurado. ¿Para llegar de madrugada, a las dos, tres, cuatro de la mañana? ¿No sería adecuado llegar a las cinco o cerca para las seis?, porque total, los pasajeros llegan a dormir como pollos con moquillo en esos asientos duros hasta que amanezca y tomar los micros o hasta que se sientan seguros. Pero quizás, salvo esté equivocado, las condiciones más propicias para el pasajero es lo que menos importa.

Como el conductor ya me picó, subo con la cámara encendida a reclamarle. Me olvidé por qué o cómo somos los de Poque. Le increpé por qué no se detuvo a recogerme en la agencia. Reconozco con mis lectores, no le dije al chofer, que mía es la responsabilidad de no estar parado ahí en la agencia, si no a pocos metros. Es mi responsabilidad de no correr, de no gritar desesperado, mío la culpa de ir tras el bus con mi paciencia porque supuestamente tomé previsiones para salvarme. El haber encargado a los dos agencieros, de creer tontamente que cargaría algún paquete en la agencia, que la empresa preguntaría por el pasajero que subía en Poque, que estaba a pocos metros. A la mierda todo eso. Al chofer ni le dijeron que tenía un cliente por recoger en la ruta, mi asiento ya estaba ocupado por otro. El de Llata no le dijo ni J, el otro de Poque salió al parecer.

¿Mi reclamo habrá sido tan cargado de tono?, No. El video muestra que es de una persona que reclama solo por lo justo y alturadamente. La otra vez sí que sí estaba hecho una bestia y le falté a un pobre inspector cuando no me dejaba pasar a la izquierda, - y no pude disculparme - no obstante, a que subía el Jr. Huamalíes pidiendo chepa y con la hora en contra. No era un capricho del inspector, iniciaba un desfile, pero también había mucho espacio como para esperar a un costado. Hay momentos en que resultamos irreconocibles, pero ese viernes no estaba a ese nivel. Pasa, que estamos acostumbrados, lo digo también por mí, siendo consciente de mi actitud, a no decir nada, a tratar de llevar la fiesta en paz para evitar más líos. Todos andamos muy apurados para el celular y nos queda poco espacio para razonar. Entonces el chofer me dice que no joda, que si le da la gana me bota ahí, que soy especial e intenta arrebatarme la cámara. Viendo a su líder, el ayudante de mirada desorbitada me golpea, para mi sorpresa se atreve a golpearme. ¿No que en el negocio el cliente tiene la razón? A la mierda con ese cliché. El otro señor, que supongo también es el ayudante intenta subirme a empujones. Ta mare, parece que todos fueron a la escuela de Céspedes o de Ciro. Me resisto y todavía trato de razonar, pero el chofer y todos ellos están creídos que yo recién llegaba de Llata y no de Poque.

Entre dichos y dichos, el conductor de la empresa Armonía suelta esta memorable frase: “Toda la vida, son la misma cochinada todos los pasajeros”. Es decir, no es la primera discusión que tuvo el chofer con los pasajeros, que entiendo, para la empresa, todos somos la misma cochinada, pero que da plata. La cochinada que paga el plato de comida. No solo por el salario que reciben como es su derecho. Lo digo también por el plato de comida que los pasajeros subvencionamos cada que se detienen en esos restoranes de todo carísimo. Mientras que en Llata pagamos ocho o diez soles por un menú, doce o quince en el centro de Lima, los choferes de todas las empresas nos llevan a esos restoranes donde la comida no está menos de 20 soles, un pescado frito a 22 soles. La última vez, me vendieron una banana a dos soles. Ah, pero los choferes y ayudantes comen gratis, hasta les engríen con su gaseosita. Los pasajeros que somos la cochinada les pagamos el menú, con carísimos precios que nos imponen porque no hay más opción. No hay para escoger. Parece que las empresas son tan miserables que no le pueden pagar el menú a sus choferes y ayudantes, y nos enjaulan en sus caseritas. Pese a las reiteradas quejas de los viajantes, la opinión del cliente vale un pedo. No hay menú gratis ni gaseosita gratis para los conductores, la cochinada paga con los abusivos costos.

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