Por Yonel Rosales
Digamos que llegué tarde y el chofer del bus está en su derecho de renegar. ¿También de basurearme? Aunque la verdad es que llegué a la agencia de Poque aproximadamente diez minutos antes. Pregunté al señor que estaba a la puerta de la empresa a qué hora llegaría el bus. A veces llega en media hora, rápido, pero otras veces, más tarde. Le encargué que va a subir un pasajero, por favor, le dices. Vuelvo al toque. Un día antes, al comprar mi pasaje en la empresa Armonía en Llata, también le hice el mismo encargo, le reiteré, me recogen en Poque.
Voy abajito
a encargar mi carrito (¿serán diez metros o quince?) y vuelvo, le dije al señor
de la agencia. A veces pecamos de inocentones y no te pones en el peor de los
escenarios, que la empresa ni se acordará de ti, porque lo más importante ya lo
hiciste, pagar.
| No hay menú gratis ni gaseosita gratis, la cochinada paga - Foto: Yonel Rosales Enero 2022 |
Entonces
con la premura de una tortuga, mientras encargaba el coche a la hija de Glicerio
Aponte, al otro lado del río, hablamos de la falta de luz, que cada tanto
ElectroCentro tiende a amargarnos el día. Y ese viernes 23 de enero, la mayor
preocupación de la hija del señor Aponte era por los productos que se
malograrían en la congeladora porque la luz no volvía hacía horas tras el corte
intempestivo. No por ser periodista lo sé todo, no pude responderle con
convicción cuándo michi volvería la luz. La encargada de comunicaciones de la
empresa eléctrica, ante mi reclamo por el Whatsapp, solo me respondió con un
emoticon de “qué horror”. El servicio volvió un día después.
Luego de
reconocer que efectivamente era yo “Desde la Torre”, la chapa, a causa del
nombre de mi página, me despido de la amable señora que estaría al tanto de mi
carrito. Entre que tonteo, sí, a veces mientras cojudeamos nos descuidamos de
lo más importante. Aseguraba las puertas, hacía prueba si se abría, como si
gran cosa guardara el coche, mientras perdía el tiempo a la espera del bus a
pocos metros de la carretera principal. Siempre atento, alerta al menor sonido.
Dos veces me engañaron los sonidos de otros carros. De pronto se presenta
Armonía.
Debí salir
corriendo, desesperado, gritando, ¡pare!, ¡pare!, ¡pare!. No me dejes. Pero
hecho un bobo, tomo mi mochila y camino con calma a la agencia sin perderlo de
vista. ¿Qué podía salir mal?, a pocos metros, ¿medio minuto de camino?, sin
perder de vista la agencia. Todo un gilipollas, estaba seguro que pararían a
cargar paquetes y a su pasajero, además me solicitarán. El ómnibus toca el claxon
con anticipación, dos o tres veces, como al parecer nadie le dice nada, mi
esperado carro, ante mis ojos, ante mi paciencia de abuelo al que contemplar,
éste se pasa raudamente. ¡Chucha!, ¡Ya me cagué!
¿Cómo hacer
que el carro se detenga o que alguien pregunte por mí que no estoy en mi
asiento?, ¿No preguntan por el pasajero que iba a subir en Poque?, pero la otra
vez Transportes Guerra me llamó quince minutos antes del horario pactado,
desesperándome, recién estaba por Tucuwayin, poniéndome en apuros porque creí
que ya nos hicimos tarde. Pero preguntó por el pasajero ausente y Armonía, pese
a mi doble encargo, nada.
¡Ya la
cagué!, ¿Ahora dónde voy a dejar el carro? Me subo como loco al volante.
Desesperado, cambio de gas a gasolina y salgo disparado tras el ómnibus, con un
ruidoso aceleramiento. Duro conmigo mismo: Pero, ¡qué huevón!, que te deje el
carro cuando estás a pocos pasos. ¿Dónde chucha estaba tu cabeza para no pensar
que no habría ni un pinche paquete para que deba detenerse el bus en la agencia
de Poque?, ¿Qué te crees para que pregunten por ti?, pero Guerra me llamó, esa
es otra empresa, huevón. Me iba ir con ellos, pero no hay en la tarde. Mientras
me mando a la mierda y me defiendo, por fin logro ver a Armonía.
Alcanzo al
bus y toco desesperadamente el claxon. No dejo de tocar y me da pase. Le paso y
un poco adelante me detengo para reclamarle al chofer por qué no se detiene. Mi
pregunta parece no encajar. Y el conductor me dice que suba, pero cómo voy a
subir dejando mi coche en medio de la carretera. Con los ánimos alterados, el
chofer con tono despectivo dice: Así son los de Poque. ¿Cómo son los de Poque?
Obvio, era el momento menos oportuno para ponerme a discutir de cómo somos. Entonces
le dije al chofer, que ya me había picado, tiene que esperarme más adelante,
voy a guardar mi carro.
Mientras
avanzo, tratando de alejarme lo más posible del bus para tener tiempo de
aparcar en algún lugar seguro, el bus parece más apurado que yo. ¿Buscar
seguridad en esa situación?, solo a mí se me puede ocurrir cojudeces de última
hora. Finalmente veo unas casas y un espacio donde dejar el coche. Estoy
estacionándome y el chofer pita. Me desespera y le grito que me espere, no
recuerdo si ahí o ya dentro del bus logro a decirle, a ver, ¿cuántos minutos
has perdido? Grito a la casa vecina, sale un niño, pregunto por su mamá, cuando
me da la cara le suplico a la señora desconocida para que vaya cuidando el
coche. Y el conductor, más apurado. ¿Para llegar de madrugada, a las dos, tres,
cuatro de la mañana? ¿No sería adecuado llegar a las cinco o cerca para las
seis?, porque total, los pasajeros llegan a dormir como pollos con moquillo en
esos asientos duros hasta que amanezca y tomar los micros o hasta que se
sientan seguros. Pero quizás, salvo esté equivocado, las condiciones más
propicias para el pasajero es lo que menos importa.
Como el
conductor ya me picó, subo con la cámara encendida a reclamarle. Me olvidé por
qué o cómo somos los de Poque. Le increpé por qué no se detuvo a recogerme en
la agencia. Reconozco con mis lectores, no le dije al chofer, que mía es la
responsabilidad de no estar parado ahí en la agencia, si no a pocos metros. Es
mi responsabilidad de no correr, de no gritar desesperado, mío la culpa de ir
tras el bus con mi paciencia porque supuestamente tomé previsiones para
salvarme. El haber encargado a los dos agencieros, de creer tontamente que
cargaría algún paquete en la agencia, que la empresa preguntaría por el
pasajero que subía en Poque, que estaba a pocos metros. A la mierda todo eso. Al
chofer ni le dijeron que tenía un cliente por recoger en la ruta, mi asiento ya
estaba ocupado por otro. El de Llata no le dijo ni J, el otro de Poque salió al
parecer.
¿Mi reclamo
habrá sido tan cargado de tono?, No. El video muestra que es de una persona que
reclama solo por lo justo y alturadamente. La otra vez sí que sí estaba hecho
una bestia y le falté a un pobre inspector cuando no me dejaba pasar a la
izquierda, - y no pude disculparme - no obstante, a que subía el Jr. Huamalíes pidiendo chepa y con la
hora en contra. No era un capricho del inspector, iniciaba un desfile, pero también
había mucho espacio como para esperar a un costado. Hay momentos en que resultamos irreconocibles, pero ese
viernes no estaba a ese nivel. Pasa, que estamos acostumbrados, lo digo también
por mí, siendo consciente de mi actitud, a no decir nada, a tratar de llevar la
fiesta en paz para evitar más líos. Todos andamos muy apurados para el celular
y nos queda poco espacio para razonar. Entonces el chofer me dice que no joda,
que si le da la gana me bota ahí, que soy especial e intenta arrebatarme la
cámara. Viendo a su líder, el ayudante de mirada desorbitada me golpea, para mi
sorpresa se atreve a golpearme. ¿No que en el negocio el cliente tiene la
razón? A la mierda con ese cliché. El otro señor, que supongo también es el
ayudante intenta subirme a empujones. Ta mare, parece que todos fueron a la
escuela de Céspedes o de Ciro. Me resisto y todavía trato de razonar, pero el
chofer y todos ellos están creídos que yo recién llegaba de Llata y no de
Poque.
Entre
dichos y dichos, el conductor de la empresa Armonía suelta esta memorable
frase: “Toda la vida, son la misma cochinada todos los pasajeros”. Es decir, no
es la primera discusión que tuvo el chofer con los pasajeros, que entiendo,
para la empresa, todos somos la misma cochinada, pero que da plata. La
cochinada que paga el plato de comida. No solo por el salario que reciben como
es su derecho. Lo digo también por el plato de comida que los pasajeros subvencionamos
cada que se detienen en esos restoranes de todo carísimo. Mientras que en
Llata pagamos ocho o diez soles por un menú, doce o quince en el centro de Lima,
los choferes de todas las empresas nos llevan a esos restoranes donde la comida
no está menos de 20 soles, un pescado frito a 22 soles. La última vez, me
vendieron una banana a dos soles. Ah, pero los choferes y ayudantes comen
gratis, hasta les engríen con su gaseosita. Los pasajeros que somos la cochinada
les pagamos el menú, con carísimos precios que nos imponen porque no hay más
opción. No hay para escoger. Parece que las empresas son tan miserables que no
le pueden pagar el menú a sus choferes y ayudantes, y nos enjaulan en sus
caseritas. Pese a las reiteradas quejas de los viajantes, la opinión del
cliente vale un pedo. No hay menú gratis ni gaseosita gratis para los
conductores, la cochinada paga con los abusivos costos.